Ese momento en el que empiezas a replantearte todo. Cuando se te
joden los planes de cabo a rabo, de si habré cometido la estupidez de mi vida
viniendo aquí o de si todo habría sido como siempre si me hubiese quedado. De si
la jaula que creía que tenía, allí se quedó o la llevo conmigo a donde quiera que
vaya. Que es cierto que cada uno se pone sus propias limitaciones y que cuando
se cierra una puerta, se abre una ventana, y todas las putas metáforas que queráis
para que quede bonito y mantener viva la esperanza. Que hay un millón de oportunidades
ahí afuera pero cuando te cierran una y otra y otra, o cuando vas
exclusivamente a por una porque te lo pintan muy bonito para que después te
cierren la puta puertaza en las narices, como que no te sobran las ganas de
seguir buscando.
Puede que la población mundial ascienda a más de siete
mil millones de personas, pero eso a una no le quita ese sentimiento tan amargo
de sentirse sola, aunque sus vecinos estén poniendo reggaetón en el piso de
arriba a todo meter. Unas veces huyes del silencio pero otras te gustaría
apagarlo todo... y parar el tiempo, si pudieras, también.
Daría lo que fuera por tener ahora mismo un botón de esos
de apagado absoluto o de restaurar valores iniciales, porque a este tipo de
cosas, a las desmotivaciones de la vida, no se acostumbra nadie.
Un ligero traspiés para (espero) volver a levantarse.
