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Pensaba en ella a todas horas. Noche y día. Casi sin descanso.
Soñaba con como sería rozar cada centímetro de su piel, en lo que sentiria cuando la besara.
Soñaba con ese maravilloso mundo mágico que se experimenta en un cruce de miradas.
Soñaba, joder que si soñaba...
Fantaseaba tanto porque en la realidad aún no la había tenido entre sus brazos, entre sus labios.
Se escribian a diario pero aún no les había llegado el momento indicado y tan esperado para verse.
Tenía muy claro que en el instante de estrecharla entre sus brazos no volvería a soltarla jamás.
Joder, parecía que estaba exclusivamente hecha para ella. Tenía tantas ganas de empezar a quererla de verdad, a cuidarla, a hacerla feliz. A ser el motivo de cada una de sus preciosas sonrisas.
Y es que su sonrisa... Madre mía. Era una de las más bonitas que había visto, de esas que te abren el corazón de par en par y te calan hasta las entrañas.
No hacía el día sin hablar con ella, sin irse a dormir si un nuevo detalle de su existencia, sin verla en foto o sin decirla lo afortunada que era por aparecer así, tan de repente en su vida.
No quería volver a compartirla, no quería perder esa extraordinaria oportunidad que la habia dado la vida de conocerla.
La ansiaba, a veces con impaciencia y una pizca de locura. Estaba aprendiendo a querer de nuevo, quizás con un poquito de miedo. Ese miedo a volver a desvanecerse en el olvido, a que esas miradas llenas de todo se convirtieran en nada. A ese miedo, a veces irremediable, de estropearlo todo y que se fuera de su lado.
Pero estaba dispuesta a arriesgarse, estaba decidida a seguir adelante, a perderse y reecontrarse con ella, a conquistar cada cima de su cuerpo y a robarla cada suspiro y pensamiento.
Danielle R.
martes, 11 de agosto de 2015
Ella
Pensaba en ella a todas horas. Noche y día. Casi sin descanso.
Soñaba con como sería rozar cada centímetro de su piel, en lo que sentiria cuando la besara.
Soñaba con ese maravilloso mundo mágico que se experimenta en un cruce de miradas.
Soñaba, joder que si soñaba...
Fantaseaba tanto porque en la realidad aún no la había tenido entre sus brazos, entre sus labios.
Se escribian a diario pero aún no les había llegado el momento indicado y tan esperado para verse.
Tenía muy claro que en el instante de estrecharla entre sus brazos no volvería a soltarla jamás.
Joder, parecía que estaba exclusivamente hecha para ella. Tenía tantas ganas de empezar a quererla de verdad, a cuidarla, a hacerla feliz. A ser el motivo de cada una de sus preciosas sonrisas.
Y es que su sonrisa... Madre mía. Era una de las más bonitas que había visto, de esas que te abren el corazón de par en par y te calan hasta las entrañas.
No hacía el día sin hablar con ella, sin irse a dormir si un nuevo detalle de su existencia, sin verla en foto o sin decirla lo afortunada que era por aparecer así, tan de repente en su vida.
No quería volver a compartirla, no quería perder esa extraordinaria oportunidad que la habia dado la vida de conocerla.
La ansiaba, a veces con impaciencia y una pizca de locura. Estaba aprendiendo a querer de nuevo, quizás con un poquito de miedo. Ese miedo a volver a desvanecerse en el olvido, a que esas miradas llenas de todo se convirtieran en nada. A ese miedo, a veces irremediable, de estropearlo todo y que se fuera de su lado.
Pero estaba dispuesta a arriesgarse, estaba decidida a seguir adelante, a perderse y reecontrarse con ella, a conquistar cada cima de su cuerpo y a robarla cada suspiro y pensamiento.
Danielle R.
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